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OPINIÓN | «Diversidad del gobierno corporativo y contexto socio político»

Por Guillermo Larraín, académico de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la Universidad de Chile.

Equidad de género gobernanza gobierno corporativo

Cuando los cambios son importantes, usualmente se manifiestan simultáneamente en varias partes. En 1970, Alemania Occidental adoptó una estrategia hacia la Unión Soviética que denominó “Wandel durch Handel”, cambiar a través del comercio. También en 1970, Friedman señalaba que el rol social de la empresa era simple: maximizar sus utilidades, dentro del marco legal. Diez años más tarde Hayek convencía a Thatcher y Friedman a Reagan que desregularan los mercados, lo que traería crecimiento económico y paz social. No se puede negar que desde el punto de vista del régimen soviético al menos, la estrategia funcionó: la evidente diferencia en calidad material de vida entre este y oeste impidió que la reunificación alemana y el desmembramiento soviético fueran violentos.

Desde 1991 se fue instaurando un entendimiento “mecánico” del mundo, del funcionamiento económico y, en particular, del rol de las empresas. Ese mecanicismo reposaba en dos elementos conceptuales adicionales. Primero, la eficiencia de mercado en el sentido de Fama, es decir, que los precios tuvieran la capacidad de resumir toda la información relevante sobre un activo. Segundo, se requería que los mercados fueran completos, para lo cual debía dejarse que surgieran tantos contratos como fuera necesario, lo que a su vez, requería los menores costos de transacción posibles.

Esto llegó a su culmine con la crisis de 2008: los precios (de vivienda en particular) no anticiparon la crisis, los mercados no reaccionaron como se esperaba. En los 14 años posteriores, la constatación de la crisis climática es cada vez más generalizada. Los bienes públicos universales (aguas, aire…) están sometidos a enorme tensión y con ellos, las comunidades que viven de esos mismos bienes públicos.

¿Deben las empresas esperar a que los gobiernos adopten políticas domésticas y externas que se hagan cargo de estos problemas? ¿Qué deben hacer? La lógica friedmaniana – mecánica y ciega ante estos fenómenos que ocurren afuera de la empresa pero que, de alguna forma, están asociados a ella – parece agotada. Una alternativa ha sido propuesta por Hart y Zingales: los accionistas tienen preferencias más allá del interés económico de la empresa y, por lo tanto, ésta debiera atender esos mismos intereses.

No me parece una buena estrategia. Primero, las preferencias de los accionistas (y los accionistas mismos) cambian, mientras que la empresa tiene intereses más estables. Segundo, las preferencias de los accionistas pueden ser loables, pero estar muy lejos de los intereses de la empresa.

Estos dos puntos son relevantes porque cuando decimos que es necesario pasar desde una fase de gestión mecánica de la economía y la empresa a una de una gestión más intencionada, las empresas deben tomar acciones más allá de sus intereses directos que permitan complementar o incluso corregir (eventuales) externalidades que impongan a los bienes públicos locales o globales. Para que una empresa construya reputación en torno a su gestión de impacto sobre bienes públicos debe estar relacionada con su actividad productiva y hacerlo de manera estable.

El gran desafío hoy para las empresas es que la sociedad perciba una genuina preocupación por alinear sus intereses económicos con el interés público, interés difuso y cambiante que hay que identificar.

Desde la perspectiva de los gobiernos corporativos esto implica agregar una variable más a las exigencias ya conocidas: diversidad. La diversidad – en sus muchas dimensiones, la principal hoy siendo la de género – permite al gobierno corporativo identificar mejor áreas en las cuales hay bienes públicos siendo afectados (eventualmente) por su accionar. Perfeccionar la diversidad del gobierno corporativo enriquece la capacidad de la empresa para entender su entorno e intencionar su gestión estratégica de manera más creíble.